A shallow focus shot of a young soldier holding a bible in a field

Vivimos en una época en la que se nos repite, como un dogma, que el gasto público es un lastre, una amenaza para la eficiencia económica. Nos dicen que debemos apretarnos el cinturón, que hay que recortar en sanidad, en educación, en servicios sociales… porque “no hay dinero”. Sin embargo, esta narrativa se desvanece como humo en el aire cuando el tema sobre la mesa es el presupuesto militar.
Es entonces cuando los mismos defensores del «Estado mínimo» se convierten en apóstoles del intervencionismo. De pronto, el gasto público ya no es un problema, sino una inversión “estratégica”. Los recortes son solo para la población civil, nunca para el complejo militar-industrial.
Una industria sostenida artificialmente por el Estado
Las grandes empresas armamentísticas —en su mayoría estadounidenses, aunque también europeas— no son campeonas del libre mercado, como intentan aparentar. Son, en realidad, entes profundamente parasitarios del presupuesto público. Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grumman, Boeing Defense… todas dependen de contratos millonarios financiados con dinero de los contribuyentes.
Sin estos contratos, muchas de estas empresas no sobrevivirían en un mercado libre real. Son dependientes crónicas del Estado que tanto dicen despreciar. Mientras nos venden una ideología de austeridad para lo social, viven del gasto público militar como adictos del erario.
El cinismo de la propaganda bélica
Esta contradicción no es casual. Es parte de una estrategia ideológica y propagandística muy bien articulada. La narrativa neoliberal extrema, apoyada por sectores reaccionarios, nos bombardea con la idea de que hay amenazas por todas partes: nuevos enemigos, potencias en ascenso, grupos terroristas… todo sirve para justificar la carrera armamentística.
Nos intentan convencer de que la única forma de proteger la “libertad” y la “seguridad” es multiplicando el presupuesto de defensa. Pero la verdadera inseguridad —la que mata todos los días— está en la pobreza, en la exclusión social, en los sistemas de salud colapsados, en la falta de educación, en la precariedad laboral y en la degradación ambiental. Esa no les interesa combatirla.
Vidas humanas convertidas en cifras y contratos
Mientras tanto, millones de personas mueren o quedan heridas de por vida en los conflictos armados que esta lógica alimenta. Las guerras no surgen espontáneamente: se fabrican, se planifican, se arman. Cada bomba lanzada, cada tanque desplegado, cada misil activado representa una factura pagada por el Estado y una ganancia asegurada para la industria militar.
La hipocresía es obscena: nos dicen que no hay dinero para subir el salario mínimo, pero sí lo hay para comprar cazas de combate. No hay presupuesto para construir viviendas sociales, pero sí para instalar bases militares en el extranjero. No hay fondos para atender a los heridos de guerra, pero sí para producir las armas que los mutilan.
Por una política coherente y al servicio de la vida
El gasto público no es el problema. El problema es en qué se gasta y quién se beneficia de ese gasto. Es hora de desenmascarar esta contradicción letal: quienes más claman por la reducción del Estado son también quienes más se benefician de su expansión… siempre que esté al servicio de la guerra, no de la vida.
Una política pública coherente y justa no puede seguir inflando presupuestos militares mientras se desangran los sistemas sociales. Defender la vida no es armarse hasta los dientes, sino garantizar dignidad, paz y justicia para todos. Y eso, paradójicamente, es imposible sin un Estado fuerte… pero al servicio del bien común, no del negocio de la muerte.