
Nos han enseñado a distinguir con claridad entre el «terrorista» y el «soldado». El primero sería un criminal, fanático, sin ley ni moral; el segundo, un defensor del orden, vestido de uniforme, respaldado por banderas, instituciones y tratados internacionales. Pero, si miramos con profundidad —con la mirada de quienes sufren en el suelo, bajo las bombas o las balas— esa distinción comienza a desdibujarse. Porque al final, cuando alguien mata en nombre de una causa, la línea entre legalidad y barbarie no siempre está donde nos dicen.
El genocidio de Gaza: ¿quién es el terrorista?
El caso de Gaza es una herida abierta en la conciencia del mundo. En nombre del “derecho a defenderse”, un ejército poderoso ha arrasado escuelas, hospitales, viviendas y mercados. Miles de civiles muertos, muchos de ellos niños. ¿Y eso no es terrorismo? ¿Acaso lanzar misiles sobre zonas densamente pobladas no busca también sembrar el terror? La diferencia, nos dicen, es que lo hace un Estado, con un uniforme, con un himno. Pero la sangre de los inocentes no distingue si fue derramada por un cohete artesanal o por un misil guiado de precisión. Desde la perspectiva pacifista, matar a civiles es matar a civiles. Punto.
La historia la escriben los que vencen… o los que sobreviven
Muchos grupos que hoy son recordados como patriotas, libertadores o héroes, en su tiempo fueron tachados de terroristas. Pensemos en los guerrilleros españoles que atacaban a las tropas napoleónicas durante la ocupación francesa: emboscadas, sabotajes, asesinatos. Todo fuera del código militar tradicional. Hoy, se les honra como defensores de la libertad. Lo mismo ocurrió con los movimientos de independencia en América Latina: criollos armados que atentaban contra las fuerzas reales del Imperio Español. En su momento fueron perseguidos como sediciosos y criminales. Hoy, dan nombre a calles y plazas.
Entonces, ¿qué define al terrorista? ¿El método o el relato posterior? ¿La justicia de su causa o el poder de sus aliados?
La hipocresía del monopolio de la violencia
El Estado moderno reclama para sí el monopolio legítimo de la violencia. Pero, ¿qué pasa cuando ese Estado utiliza esa violencia no para proteger, sino para destruir? ¿Qué legitimidad tiene un ejército que bombardea hospitales, que bloquea alimentos, que arrasa barrios enteros? Y más aún: ¿por qué se sigue considerando “defensiva” una acción evidentemente ofensiva y desproporcionada?
No se trata aquí de justificar el terrorismo, sino de desenmascarar la hipocresía de quienes lo condenan solo cuando no lo ejercen ellos mismos. Porque matar inocentes siempre es terrorismo, venga de un explosivo casero o de un dron con bandera.
¿Y si la respuesta no es elegir bando, sino cuestionar toda forma de violencia?
El pacifismo no es neutralidad. No es mirar hacia otro lado. Es tomar partido radical por la vida. Y desde esa posición, se hace imprescindible cuestionar no solo a quienes matan sin uniforme, sino también —y quizás más aún— a los que matan con toda la legitimidad de la ley, el protocolo y el presupuesto público.
Ser pacifista es tener el valor de preguntar:
– ¿Por qué el dolor de una víctima vale más que el de otra?
– ¿Por qué un ejército invasor tiene derecho a bombardear y un pueblo ocupado no puede resistir?
– ¿Por qué la historia convierte en héroes a unos y en criminales a otros que hicieron lo mismo?
La verdadera valentía es dejar de matar
La solución no está en elegir entre terroristas “malos” y ejércitos “buenos”. La verdadera salida es desmontar el aparato que justifica la violencia, venga de donde venga. Es romper con la lógica de que matar al otro puede llevarnos a una sociedad más segura, más justa, más libre. La violencia no construye paz. Solo más violencia.
Y quizás, en vez de seguir preguntándonos si un grupo es terrorista o si un ejército es legítimo, deberíamos hacer una pregunta mucho más simple y humana:
¿Quién muere? ¿Y por qué lo permitimos?.