3D render of a handgun on a grunge background with blood splatters

En pleno siglo XXI, cuando la humanidad debería estar centrada en resolver la pobreza, el cambio climático y la desigualdad, aún existen países —liderados por Estados Unidos— que defienden con fanatismo el supuesto “derecho” a portar armas. Un derecho que, lejos de brindar seguridad, ha provocado una epidemia de violencia que deja cada año decenas de miles de muertos y heridos.
Las matanzas escolares, los tiroteos masivos en centros comerciales, en cines, en iglesias o simplemente en la calle, son ya parte del paisaje cotidiano en Estados Unidos. En lugar de ser un caso aislado, se ha vuelto una rutina macabra. Y lo más alarmante es que esta lógica se está exportando a otros países, muchos de ellos con instituciones débiles y mercados de armas aún menos regulados.
Armas por todas partes, vidas por ninguna
El acceso a armas de fuego en Estados Unidos es absurdamente fácil. En muchos estados se pueden comprar rifles de asalto con la misma facilidad con la que se adquiere un electrodoméstico. No se exige formación, no se revisa adecuadamente el historial mental o criminal, y en muchos casos ni siquiera hay registro. El resultado: más armas que personas y más muertos por armas que en la mayoría de guerras activas en el planeta.
Esta situación se está replicando en otras partes del mundo, especialmente en países menos desarrollados donde la corrupción y el desgobierno permiten que las armas fluyan sin control. En estos lugares, el comercio legal e ilegal se mezclan, y el resultado es el mismo: más muerte, más miedo, más impunidad.
La alianza tóxica entre negocio, ideología y odio
¿Cómo se sostiene esta barbarie? ¿Quién la promueve? Hay una alianza clara entre sectores empresariales que se enriquecen con la venta de armas y una ideología ultraconservadora, reaccionaria, racista y bélica. Se trata de un modelo basado en el miedo: miedo al otro, miedo al diferente, miedo al pobre, miedo al migrante, miedo al cambio.
Ese miedo se convierte en negocio para las empresas armamentísticas y en votos para los políticos que alimentan el odio. Es una maquinaria bien aceitada que usa el discurso de la “libertad individual” para justificar la barbarie. Pero esa supuesta libertad no ha hecho más que sembrar inseguridad, muerte y destrucción en los barrios, las escuelas y las calles.
¿Y los niños?
Quizá el rostro más brutal de esta locura es el de los niños asesinados en sus propias escuelas. Ninguna democracia real puede llamarse civilizada cuando permite que menores mueran tiroteados mientras aprenden a leer. Cada masacre debería ser suficiente para cambiarlo todo. Pero no. Tras cada tragedia, vuelve el silencio cómplice, el lobby de las armas se blinda, y los políticos siguen hablando de «seguridad» mientras ignoran los cementerios llenos de inocentes.
Desarmar el odio para armar la vida
El debate sobre el control de armas no es una cuestión técnica, ni de mera legislación. Es una cuestión ética y cultural. Necesitamos desmontar una ideología que glorifica la violencia, el individualismo extremo y la militarización de la vida cotidiana. Necesitamos denunciar a quienes lucran con la muerte y a quienes disfrazan su odio de “defensa de la libertad”.
El verdadero derecho que debe defenderse no es el de portar armas, sino el de vivir sin miedo. El derecho a caminar por la calle sin temor a ser tiroteado. El derecho de los niños a volver a casa vivos después de ir al colegio. El derecho de las familias a no tener que enterrar a sus seres queridos por culpa de una bala vendida como libertad.